Si el cliente
cree tener la razón y se manifiesta en tal sentido, es porque
percibe que algo no está bien, o que algo debe mejorar. Esto
significa que la organización no se ha preparado lo suficiente
para darle plena satisfacción al cliente, que no se ha adelantado
a las posibles objeciones y quejas, que los canales de comunicación
y asesoría han sido deficientes, que no ha estudiado y trabajado
a fondo en las debilidades de su oferta.
Admitir que todos
los clientes tienen la razón y no capitalizar, no aprovechar
al máximo esa interacción a favor del negocio no sólo
pone de manifiesto que existe una limitada visión, una gestión
corta. En últimas, se convierte en una prueba irrefutable de
que los dueños y administradores del negocio no sienten la
necesidad, el deseo apremiante de calzar los zapatos de sus clientes,
de ponerse en su lugar.
Un buen indicador
de nuestros estándares de calidad lo constituye, sin duda,
el número semanal o mensual de clientes que llegan a las oficinas
esgrimiendo alguna “razón” más o menos valedera.
Por supuesto, estos clientes siempre tendrán la razón,
si es que queremos conservarlos, pero lo que en verdad debería
importarles a las compañías y a los individuos que reciben
estas “razones” debería ser:
a. Encontrar
e implementar los instrumentos necesarios para medir y clasificar
la pertinencia y la importancia de los argumentos expresados por sus
clientes.
b. Ir más allá de las explicaciones verbales con límite
de tiempo (nada de “sí, gracias por su comentario, lo
tendremos muy en cuenta. El siguiente…). La buena administración
de las razones del cliente dista muchísimo de las simples palmaditas
en el hombro o de los odiosos contentillos. Hay que trasladarle al
cliente la sensación de que ha sido bien escuchado, que su
razón tendrá un trámite metódico y juicioso
y que se tomarán decisiones concretas para atender o resolver
la situación.
c. Más que improvisar una respuesta cortés (o fingida,
en muchos casos), lo que cualquier cliente espera cabe en dos palabras:
acciones y resultados. Un protocolo adecuado le demostrará
a los clientes que las compañías y los individuos están
entrenados para encarar y tramitar la mejor respuesta a todo tipo
de razones.
En mis seminarios
de Excelencia en el Servicio suelo darle un giro novedoso, un cambio
de enfoque a la vieja fórmula. Claro, el cliente siempre tendrá
la razón, esa es una maniobra de sentido común y de
conveniencia, pero… ¿más allá de que la
tenga o no, obtendrá la satisfacción que espera? ¿Seguirán
algunas compañías ofreciendo satisfacciones apresuradas,
prefabricadas, momentáneas y superficiales? La fórmula
a tener en cuenta, la más definitiva de todas, lo que de veras
importa es ni más ni menos que esto:
El cliente tiene
la chequera… y las últimas palabras: me quedo / me voy.
Pregunta: ¿Cuántos
clientes tiene nuestro negocio?
Respuesta:
Uno, sólo
uno y nada más que uno. El que estoy atendiendo en este preciso
momento, el del momento de la verdad.
Tener una perspectiva
amplia, creativa y diferente sobre la cuantificación y la cualificación
de nuestros clientes es la piedra angular que soporta el concepto
de la personalización del servicio. Un pequeño negocio
puede tener diez o veinte clientes pobremente atendidos, en tanto
que un negocio de gran envergadura puede tener miles y miles de clientes
y tratarlos, administrarlos de tal manera que cada uno sienta que
es un cliente único, especial, privilegiado. Construir esta
diferencia parece sencillo, pero no lo es. Se requiere de una estrategia
múltiple de selección, capacitación, aplicación
de sistemas y evaluación de comportamientos para alcanzar la
excelencia en la personalización del servicio.
En un reciente
seminario sobre excelencia en el servicio, un asistente, encargado
del departamento de servicio al cliente de una gran compañía,
nos relataba paso a paso cómo habían convertido una
situación compleja y difícil en una oportunidad de lucirse
con el afectado. “Impecable —dijo finalmente el cliente—
impecable la forma en que procedieron ustedes y, sobre todo, su actitud.
¿Saben una cosa? Me hicieron sentir que tenían todo
el tiempo del mundo para resolver mi caso, que yo no los estaba fastidiando
ni que era parte de una lista de quejosos o inconformes por atender.
Me sentí como si fuera el único cliente de su empresa.
Eso no se ve todos los días, y se lo agradezco de todo corazón”.
“Si les
llegas al corazón, te quedas en la mente de los clientes. Esa
es nuestra estrategia”, comenta la cofundadora de una de las
empresas más exitosas de Colombia en la última década.
Parte del know how de esta ejemplar cadena de restaurantes consiste
en sentir y vivir ese principio, en vibrar con esa suprema verdad:
Cliente no hay
sino UNO, el que atiendo en este preciso momento, el del momento de
la verdad.