Luego intercambiamos
comentarios sobre algunos oradores y conferencistas de la ciudad y
del país. “Mire, hace poco asistí a una conferencia
por puro compromiso y, para qué lo niego, con mucho desgano.
Pensaba retirarme al cabo de veinte minutos, pero no fue así.
Me quedé dos horas, dos horas que se me fueron volando. De
pronto ya eran más de las ocho de la noche y ni cuenta me había
dado. Estaba absorto, fascinado con las dotes oratorias de ese señor,
con la destreza que tenía para relatarnos historias con las
cuales podíamos fácilmente identificarnos. En aquel
momento fui muy consciente de que el éxito y el dominio de
la palabra van de la mano. Qué me gano yo con programar cursos
de liderazgo o de resolución de conflictos si mi equipo de
trabajo no sabe ni siquiera cuáles son las claves para ganarse
la atención y el respeto de un público… En ese
sitio y a esa hora fui perfectamente consciente de que mi gente debería
tener una guía profesional, un entrenamiento completo en habilidades
oratorias y manejo de grupos para que mis clientes nuevos y viejos
se sintieran como yo me sentí con aquel señor”.
Es un mito considerar
que estas habilidades son exclusivas de un reducido número
de personas, que son difíciles de emular y mucho menos de igualar.
De hecho, en los seminarios de presentaciones efectivas suelo referirme
a éste y a otros cuatro mitos relacionados con la excelencia
en la oratoria. La realidad en torno a la naturaleza de los expositores
de alta calidad es que se hacen. Ningún expositor será
capaz de lucirse sólo a punta de labia, es decir, sin práctica,
sin autocrítica, sin asesoramiento y sin una concienzuda preparación.
Un observador agudo sabrá distinguir rápidamente entre
un chacharero armado de mera pirotecnia verbal y un argumentador que
utiliza buenas técnicas de persuasión. Esto último
tiene mucho que ver con una armoniosa combinación de conocimientos,
energía, conciencia del público, originalidad y seducción.
No se improvisa sin pagar un alto precio por ello.
Un segundo mito
consiste en presumir que los expositores-estrella tienen una memoria
portentosa, que todo lo tienen bajo control. Error. Hay muchas situaciones
inesperadas que el expositor debe sortear con naturalidad y espontaneidad.
Sí, naturalidad y espontaneidad son herramientas de gran poder,
pero es preciso saber utilizarlas para no caer en la improvisación.
A los públicos les encanta la espontaneidad, el comentario
sorpresivo, aquello que suele llamarse “romper el libreto”,
pero no se debe abusar de esta situación ni confiarse demasiado.
Dominio del tema
e interacción exitosa con los públicos no equivalen,
por tanto, a seguir al pie de la letra el guión, a la rigidez
y a la perfección. Estos supuestos requerimientos, por lo general,
intimidan a los expositores menos expertos y abonan el terreno para
aquello que se conoce como el “pánico escénico”.
Se generan visualizaciones negativas y tortuosas antes y durante la
situación de exposición y el menos experto termina por
sucumbir a los efectos de la autoconciencia (¡me están
mirando! ¡me están criticando! ¡estoy haciendo
el ridículo!). Los oradores de alto desempeño, por el
contrario, aprenden que la inspiración viene detrás
de la preparación y que las chispas del ingenio y el apunte
certero flotan a su alrededor cuando se combinan hábilmente
las técnicas respiratorias, vocales, gestuales y retóricas.
Un tercer mito,
muy arraigado en los viejos maestros de las instituciones universitarias,
consiste en afirmar que es mucho más importante aquello que
se dice —la sustancia— y no la forma en que se comunica
—la envoltura, el toque estilístico—. Nada más
alejado de la realidad. El humor, el lenguaje gráfico, la experiencia
directa, la variación tonal y la descripción exacta
de una situación tienen un efecto potentísimo en el
ánimo y en la mente de la audiencia. La información
descarnada, cuadriculada y desaliñada no seduce a ningún
público de estos días. El preguntarse cómo se
comunicará algo es tan esencial como la esencia misma. Muchos
relatos, muchos conocimientos se habrían extraviado con el
paso de los siglos de no ser porque alguna mente inquieta o traviesa
resolvió algún día darles un “toque”
especial.
Otro mito muy
extendido, que impide a muchos líderes y oradores alcanzar
el grado de excelencia, consiste en la errónea suposición
de que el silencio y las pausas demuestran confusión, pérdida
del control y nerviosismo. Por autosuficiencia o mal entrenamiento,
estas personas suelen emitir un discurso apresurado y a veces desbocado
con la intención de mostrar que se tiene plena autoridad sobre
el tema, o que la rápida sucesión de ideas brillantes
provocará admiración y adhesión. No hay tal.
La mejor comida puede indigestar a cualquiera. En varias ocasiones
he asistido a charlas de personas expertas en su campo, estudiosas
y muy bien preparadas que desconocen por completo la poderosísima
técnica de las pausas calculadas. Se fatigan innecesariamente
y fatigan a su público al servirles el desayuno, el refrigerio
y la comida a la vez. Desde luego, ignoran que la pausa permite reflexionar
en lo que se acaba de decir y en lo que se dirá después.
El efecto “mágico” de la pausa contribuye en gran
medida a alcanzar el gran propósito de cualquier presentación
efectiva: retener y refrescar la frágil atención del
público.
Finalmente, subsiste
el mito de la “actuación”. “¿Cómo
que debo actuar, si estaría dejando de ser yo mismo?”,
alegan los inexpertos. Resulta que la situación de exposición
es una pose, una manera de estar, tal como ocurre cuando asistimos
a una fiesta de gala o a una de disfraces. Sí, no cabe duda:
debemos aprender ciertos trucos de presentación que, a primera
vista, podrán parecernos excesivos o fingidos, pero los líderes
y expositores de primera categoría han aprendido que la percepción
del público es muy diferente. Para el auditorio, estas personas
con gestualidad enérgica proyectan algo que necesitamos inculcar
con urgencia en los empleados de nuestras compañías:
pasión, capacidad de comunicación y alto compromiso.